Saturday, August 16, 2014

los jemeres islamicos

 
el autor de este texto habla del ISIS la nueva y muy potencial amenaza terrorista para occidente y señala que son tan sanguinarios como el Khmer Rouge de Pol Pot que aterrorizo Cambodia en lso años 70's y causo un genocidio terrible :
IGNACIO CAMACHO
Como no se trata de Israel, el genocidio islámico permanece en el limbo progresista como una diferencia intercultural
Como no se trata de Israel, el genocidio islámico permanece en el limbo progresista como una diferencia intercultural
DESDE los jemeres rojos de Camboya no se veía en el mundo moderno una irrupción de violencia genocida como la de los nuevos fundamentalistas del llamado Estado Islámico de Irak. Incluso en aquellas tierras, de pasado poco pacífico, no encuentran para esta barbarie de crucifixiones y decapitaciones un referente más próximo que el de las huestes de Gengis Khan. Los talibanes afganos se han quedado cortos como precursores de la ferocidad yihadista que ha irrumpido en la antigua Mesopotamia tras la retirada norteamericana, en una secuencia que también remite al precedente de Indochina e interpela la responsabilidad histórica de un Obama obligado a su pesar a desplegar los brazos que había cruzado con el repliegue. Sus cálculos políticos, forzados por el cansancio bélico de la sociedad estadounidense, han fallado: Irak no tenía estabilidad suficiente para dejarlo a su propia suerte.
Los ataques aéreos, de eficacia limitada, son una respuesta más política, casi cosmética, que estratégica; manifiestan una clara reticencia a asumir implicaciones mayores que resultan antipáticas a la opinión pública americana y evidencian la pésima resolución del conflicto iraquí. También demuestran estas dudas que Obama no maneja bien la estrategia exterior y que bajo su mandato los Estados Unidos han fracasado como agente diplomático de referencia y han dejado de ser la nación imprescindible en cualquier conflicto de relieve en el planeta. Una consecuencia lógica del giro político en el liderazgo internacional determinado por el presidente sobre una hegemonía que a fin de cuentas se sostenía en el uso de la fuerza.
La brutal yihad del EI no sólo compromete la seguridad de Irak, sino la de Siria, Líbano y tal vez la Turquía kurda, y lo hace con un grado de violencia inédita para la que el Occidente autodesarmado no dispone de respuestas. Como no se trata de Israel, el único agente político que desata la condena unánime del pensamiento progresista, los crímenes del ultraislamismo permanecen en el limbo de la conciencia occidental como una especie de mal incómodo pero inevitable. El debate se traslada a la acción propia, a la escala de la intervención, con una lupa escrupulosa y pusilánime sobre las medidas militares y una cautela directamente cobarde sobre la implicación armada. Sin palestinos por medio, el genocidio iraquí es un asunto interno, como se encarga de subrayar el propio Obama para justificar que golpea con guantes y una mano atada. Total, si sólo han liquidado a cien mil cristianos marcando con banderas negras sus casas. Luego irán a por los chiíes y los sufíes; pláticas de familia que decía el Tenorio. Pequeñas diferencias interculturales. Si no se trata de Gaza y ni siquiera hay un Bush en la Casa Blanca, qué nos ha de importar un Califato. Los demócratas biempensantes sólo tenemos que ocuparnos de identificar a nuestros propios malos.
DESDE los jemeres rojos de Camboya no se veía en el mundo moderno una irrupción de violencia genocida como la de los nuevos fundamentalistas del llamado Estado Islámico de Irak. Incluso en aquellas tierras, de pasado poco pacífico, no encuentran para esta barbarie de crucifixiones y decapitaciones un referente más próximo que el de las huestes de Gengis Khan. Los talibanes afganos se han quedado cortos como precursores de la ferocidad yihadista que ha irrumpido en la antigua Mesopotamia tras la retirada norteamericana, en una secuencia que también remite al precedente de Indochina e interpela la responsabilidad histórica de un Obama obligado a su pesar a desplegar los brazos que había cruzado con el repliegue. Sus cálculos políticos, forzados por el cansancio bélico de la sociedad estadounidense, han fallado: Irak no tenía estabilidad suficiente para dejarlo a su propia suerte.
Los ataques aéreos, de eficacia limitada, son una respuesta más política, casi cosmética, que estratégica; manifiestan una clara reticencia a asumir implicaciones mayores que resultan antipáticas a la opinión pública americana y evidencian la pésima resolución del conflicto iraquí. También demuestran estas dudas que Obama no maneja bien la estrategia exterior y que bajo su mandato los Estados Unidos han fracasado como agente diplomático de referencia y han dejado de ser la nación imprescindible en cualquier conflicto de relieve en el planeta. Una consecuencia lógica del giro político en el liderazgo internacional determinado por el presidente sobre una hegemonía que a fin de cuentas se sostenía en el uso de la fuerza.
La brutal yihad del EI no sólo compromete la seguridad de Irak, sino la de Siria, Líbano y tal vez la Turquía kurda, y lo hace con un grado de violencia inédita para la que el Occidente autodesarmado no dispone de respuestas. Como no se trata de Israel, el único agente político que desata la condena unánime del pensamiento progresista, los crímenes del ultraislamismo permanecen en el limbo de la conciencia occidental como una especie de mal incómodo pero inevitable. El debate se traslada a la acción propia, a la escala de la intervención, con una lupa escrupulosa y pusilánime sobre las medidas militares y una cautela directamente cobarde sobre la implicación armada. Sin palestinos por medio, el genocidio iraquí es un asunto interno, como se encarga de subrayar el propio Obama para justificar que golpea con guantes y una mano atada. Total, si sólo han liquidado a cien mil cristianos marcando con banderas negras sus casas. Luego irán a por los chiíes y los sufíes; pláticas de familia que decía el Tenorio. Pequeñas diferencias interculturales. Si no se trata de Gaza y ni siquiera hay un Bush en la Casa Blanca, qué nos ha de importar un Califato. Los demócratas biempensantes sólo tenemos que ocuparnos de identificar a nuestros propios malos.

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